domingo, 16 de diciembre de 2012

La leyenda de John Mirbond (III)


Alterado moralmente, pues añoraba mucho a “Mara”,  se convenció de que la vida era algo más que vagar de un lado a otro buscando quién sabe qué. Tomo un carguero que lo llevó a Uruguay. Su primer contacto con América le impresionó muchísimo. Pues allí el mundo parece tener otra dimensión. Se pasó a Argentina donde no tuvo buenas experiencias. Como sabía montar al estilo mongol en Argentina ganó algunas carreras de caballos celebradas en La Pampa. Eso le granjeó fuerte enemistades. Con frecuencia derivadas de envidias mal gestionadas. Decidió huir. Empezaba a añorar el continente asiático, en concreto las cumbres del Nepal cuando decidió escalar El Aconcagua.  Los Andes se le antojaron majestuosos, acostumbrada a decir  “Nada tan impresionante como El Himalaya, nada tan majestuoso como Los Andes”.

Volvió al Tibet y pasó dos años meditando en un monasterio al pie del Kailash. Los monjes le ayudaron a encontrar una parte lo que estaba buscando. Practicando la  meditación consiguió albergar el recuerdo de “Mara” de forma positiva. Pudo acompañar su pérdida pensando que ella estaría en algún lugar mucho mejor que el Serengeti, o al menos, menos arriesgado.

Un día mientras andaba montando un yak recibió en su rostro el gélido viento del Norte. “Toca partir de nuevo” pensó para sus adentros…

Esta vez viajó a Estados Unidos. Tomó un carguero en La India, país que admiraba por sus gentes y navegó en varios barcos, fue de puerto en puerto hasta llegar a Nueva York. Convivió con algunos empresarios de éxito, ya que ser millonario y además ciudadano británico abría en aquel tiempo muchas puertas en esa ciudad. Acudió a varias fiestas de sociedad pero decidió que allí no encontraría nada alejado de la superficialidad y la hipocresía de una sociedad decadente.

Se retiró al interior del país. Caminó por recónditos lugares. Visitó “Monument Valley”, se dejó embargar por la inmensidad del “Grand Canyon”, recordó su época de experto nadador en la república magiar atravesando el “Mississipi”, se enzarzó en oscuros debates en tabernas de “New Orleans” pero toda su búsqueda le llevaba a un poderoso vacío interior.

Un día, como el que no quiere la cosa, caminando por un camino en Utah tropezó con un indígena. Un indio americano.  Un genuino piel roja. El hombre era de una mediana edad, un poco mayor que John. Una sonrisa de soslayo les bastó a ambos para cerciorarse de que algo nuevo estaba pasando.  John le regaló un mala de forma casi instintiva. Se llamaba “Sol Azul” y pertenecía a la tribu de los navajos. El indígena le invitó a comer con su familia. Vivían en contacto con la naturaleza, tenían unos pocos animales y se servían de los recursos de la naturaleza como lo habían hecho sus antepasados navajos. Todo se aprovechaba, todo era útil, nada estaba allí por casualidad. Le recordó a la forma de vida que había tenido con “Mara” y decidió aceptar la invitación de “Sol Azul” para pasar unos días...

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