domingo, 2 de diciembre de 2012

La leyenda de John Mirbond (I)

Hace unos años ideé un relato para trabajar con los alumnos en tutoría. Ante la insistencia de algunos alumnos y sobre todo ex-alumnos he accedido a colgarlo aquí. Como es un poco largo para una sola entrada he creído conveniente colgarlo por entregas. Se titula: La leyenda de John Mirbond.

Espero que os guste y podáis disfrutar de él. Al menos ese fue mi deseo al crearlo.




La leyenda de John Mirbond.

Me llamo Joe Mirbond. Soy el tataranieto de John Mirbond, de “Viento del Norte”. Hoy he llegado hasta aquí invitado por vuestras familias que de forma muy cortés han accedido a costear mi viaje. Pues yo, aunque parezca mentira, desprecio el dinero.

Para que os cuente mi historia, o mejor aún la historia de mi tatarabuelo necesitaré un buen par de sonrisas. Así vivo mi vida, contando historias,  coleccionando sonrisas. No me quedaré con nada más, tan solo eso.

Los Mirbond somos nómadas. Nos dedicamos a viajar por el mundo. El primer Mirbond viajó por un ideal. Los demás Mirbond viajamos porque no entendemos la vida de otra forma. Mi tatarabuelo viajó  en busca de la esencia de nuestra existencia. Vivió en el siglo XIX y amasó una fortuna gracias al comercio con América del Sur.  Poco antes de irse de este mundo para reunirse con “Mara”, decidió entregar  su dinero a una entidad bancaria en Geneve que gestiona desde entonces el patrimonio de la familia. Podéis creerme cuando os digo que desprecio el dinero porque lo he tenido en abundancia. He tenido  tanto que no lo valoro. Os aseguro que en la vida hay otras cosas que producen mayor bienestar y satisfacción. 

Pero yo no he venido aquí a explicar mi historia, sino la de John Mirbond.

Aunque se ha investigado en reiteradas ocasiones, no está muy claro en qué ciudad nació, ni donde se crió. Pocos detalles se conocen de su infancia y de su juventud. Tan solo ha llegado hasta nosotros que era una persona con un marcado carácter extrovertido,  con un arraigado sentido del honor y con una fuerte sentimiento de solidaridad.

Fue un hombre afortunado. He de advertiros que en sus últimos días alguien le oyó decir que no alcanzó su dicha hasta descubrir la verdadera razón de su existencia. Tras atesorar una importante cantidad de dinero, más del que se podría gastar en dos vidas, decidió abandonarlo todo para encontrar su razón de ser. Necesitaba encontrar su lugar en el mundo, su misión.

Salió de su ciudad y a lomos de su montura se dedicó a visitar los lugares más recónditos que acertó a encontrar. A todos ellos fue, y en todos ellos buscó lo mismo. Visitó el Japón del Emperador, donde le enseñaron caligrafía.  El Tibet, donde le ofrecieron té con manteca de yak y tsampa.  Convivió con monjes tibetanos que le regalaron “malas budistas” con los que poder recitar mantras.  John hizo acopio de ellos y dedicó toda su vida a regalar algunos a las personas de corazón noble. Si queréis puedo regalaros alguno pero debéis prometerme que sois dignos de poseerlos y que algún día, cuando veáis que alguien los merece más que vosotros, los regalareis. Son objetos preciosos, portadores de las mejores intenciones. Son auténticos y os los entrego con mis mejores deseos. En el Tibet le enseñaron parte de su sabiduría, y los Mirbond siempre encontramos un buen viento que nos lleve para allá.  Puede parecer mentira, pero el viento en algún momento nos lleva...

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